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MARÍA DEL PINO FUENTES DE ARMAS

Nada es lo que parece

23/ago/10 07:39
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Como muchas veces en la vida, nada es lo que parece. Hay quien opina, por ejemplo, que una playa llena de gente en verano es un espectáculo hortera, que hay cuerpos poco vestidos o desnudos que carecen de belleza y que son un atentado contra el buen gusto. Pero a mí, debe ser porque me estoy haciendo mayor, me merece un gran respeto el cuerpo de los demás, ya que en él se reflejan las batallas libradas y sus consiguientes derrotas. Todo es cuestión de darle la lectura precisa.

Hasta hace poco los curas y las monjas decían que el cuerpo era el templo del Espíritu Santo, y supongo que ahora -caso de pederastia más o menos, abuso a menores probado o no- deben seguir contando lo mismo; y también ahora, como entonces, cada uno es libre de creer lo que quiera. Pero a riesgo de ser frívola, confieso que la lectura que hago del cuerpo humano es la de un libro de viajes, en el que cada achaque es el reflejo de la aventura del vivir, por tanto, su deterioro da fe de las historias personales.

Cuando toca escribir este artículo, me encuentro en el sur de Tenerife, sitiada felizmente en tan hermosa isla por las sempiternas protestas de los controladores aéreos y por mi propia pereza a sufrir el caos de los aeropuertos, pues nada me resulta más insoportable que hacer colas, aguantar retrasos y pagar cifras astronómicas por una playa que generalmente es un clon de otras miles que abundan en el planeta, pues las zonas turísticas, con escasas excepciones, son iguales en todo el mundo. Los mismos perfiles de vendedores callejeros, similares instalaciones, cocina internacional, espectáculos que obedecen a igual tipo de patrón, loros de la misma familia, y cientos de cuerpos rojizos que se aglomeran por aquí y por allá, superando la media soportable de seres por metro cuadrado. Por todo esto me he quedado en la Isla, a contemplar el cielo por la mañana, a preguntarme si el sol abrirá o no sus rayos de par en par, a disfrutar de las noches en calma sin necesidad de aires acondicionados, a pasear por la playa y a conversar con otros que, como yo, buscan aliviar el estrés. Y a falta de temas de actualidad, ya que mi cura incluye aislarme de cualquier cosa parecida a las noticias, hablo de las personas que observo desde la terraza, la cual, a modo de barrera, me permite hablar con distancia.

Miro, admiro los cuerpos -siempre más de mujeres que de hombres-, tendidos en sus amplias toallas, untados en aceites, exhibiendo la pereza de los músculos y de la grasa, con ese extenderse y contraerse mientras dejan que el sol les marque a fuego. Me gusta observar sobre todo a los niños, sus geografías pequeñas que se van haciendo más fuertes y más grandes cada verano, mientras arriesgan a brazadas la vida, bien con los saltos, surfeando, cogiendo olas o andando entre los acantilados. Me separa de ellos la selección natural de nuestras edades, pero presentir su madurez tiene el mismo encanto que la dilatada espera del punto de sazón de la fruta. Cuerpos que apuntan a su perfección, un mecanismo que avanza hacia su realización y que, una vez alcanzada la gloria de la plenitud, se concentra para seguir avanzando y, en cada repecho hacia el abismo -esa es su máxima victoria-, reúne los progresivamente menos hábiles restos del ayer para continuar proyectando su presencia en este mundo.

En la piscina abierta y en el solario coincidimos varias generaciones de cuerpos, y es curioso cómo nos comportamos de diferente forma. Los jóvenes siempre en sentido ascendente, valientes, torso esbelto, abdominales en su sitio y músculos prietos, pensando que van a estar estupendos una eternidad. Los de mediana edad, acariciados por el bisturí y apuntalados con la silicona, persiguiendo una juventud que se marchita, mostrando casi con insolencia sus arreglos ante otros, también mayores, que lejanamente fuimos turgentes y que ahora vamos en cuesta abajo. Entre unos y otros hay más diferencias. La principal es la huella de lo vivido: esas ondulaciones que son testigo de los embarazos; esas venas resaltadas por el exceso de trabajo; esas mamas a las que les chuparon vida; y esos ojos que se han tornado grises de tanto esperar regresos, y pequeños por llorar ausencias. Al final nada es lo que parece, a los cuerpos jóvenes les faltan por acumular sus propias batallas y las huellas de las derrotas, y a los de más edad, admitir que en el libro de viajes de la existencia apenas nos quedan ya unos capítulos.

Hoy será otra de esas magníficas jornadas soleadas, algo ventosas en esta parte de la Isla, en las que uno puede sentarse detrás de la cristalera y leer, mientras observa al otro lado la playa, la marea y esos cuerpos tendidos al sol que en el fondo no son lo que parecen.

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