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El gran Compadre

23/ago/10 07:39
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CASI SIN hacer ruido, se marchó recientemente el creador, fundador y propietario de la industria panadera Los Compadres. Arturo Alfonso García era un personaje con una buena filosofía de vida y con una inteligencia natural sobresaliente. Supo ganarse el mercado canario con un solo producto, el pan de molde; ahora es fácil decirlo, pero en aquellos memorables sesenta era mucho más complicado. En esa época nos veíamos casi a diario, ambos metidos en harina, pues yo trabajaba en Galletas Himalaya. Nunca olvidaré aquella frase con la que acertó: "Vendrá una generación en la que las personas serán vagas hasta para masticar, y precisarán de un pan blandito que se deshaga de un simple mordisco". Con un sencillo mensaje publicitario, "Al pan, pan? y si es de Los Compadres, es bueno", se ganó el mercado, quedándose a las puertas de conquistar el nacional, que no pudo alcanzar por las enormes trabas de transporte y por la exigente competencia con las multinacionales.

Arturo era sincero, afectuoso, buen amigo y cristiano. Los viernes iba a su Cristo de La Laguna y los domingos a la Basílica a ver a su Virgen de Candelaria. No presumía de nada y hacía el bien con naturalidad. Creó una gran familia con su empresa, a la que acudía a diario. Lo conocí recién llegado de una aventura por la República Dominicana, donde había montado una gran industria, pero los políticos, siempre los políticos, acabaron con su paciencia y regresó a su tierra. Nos veíamos prácticamente todos los días, y los domingos mezclábamos la familia bien en su casa de Guajara, o en la mía en Barranco Grande. Su mujer, Nina, preparaba un sabroso pollito al limón y chicharrones, y mientras, los "ratones" (nuestros hijos) correteaban por el jardín. Algunos sábados íbamos a bailar al hotel Tenerife Tour de Las Caletillas, donde también pasamos muchos fines de año.

Con otro amigo, Álvaro González, montamos un negocio de perritos calientes que funcionó unos años. Consistía en una especie de cocinilla que calentaba el bocata con una lámpara infrarroja. Unos años antes de marcharse a su aventura americana, montó en el barrio de La Salud una fábrica de "destupidores de infiernillos" (los Anafes de los crucigramas). Las antiguas cocinillas se tupían continuamente, y con unos alambritos y un ganchillo que fabricaba de latas de cerveza de aluminio inventó su negocio. Se reía socarronamente al contarlo. Me llamaba loco, porque hacía coincidir mis viajes de trabajo a la ciudad condal, para ver ópera en el Liceo, cuando él iba cada quince días a ver deambular al Tenerife por las profundidades de los campos de tierra de la Tercera División.

En el caminar de la vida, el trabajo y la familia nos hicieron tomar cierta bifurcación, pero el afecto perduró. Me lo encontraba caminando muy temprano por la avenida de Las Caletillas hacia Candelaria, siempre pulcro, con zapatos y pantalón blanco, camisa de colores vistosos, chaquetilla haciendo juego y sin corbata. A la habitual pregunta de cómo estás, invariablemente contestaba: "¡Vivo!".

Ahora ya no está con nosotros y ha dejado un gran legado. Por eso quiero transmitir mis condolencias a sus hijos Mely, Arturo y Harry, a toda la familia compadre y especialmente a su hermano Juan Francisco, que arrastra también una gran pena y tristeza con la pérdida de una hija recientemente. Descansa en paz, amigo.

aguayotenerfe@gmail.com

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