Carnaval
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LA COMUNA ZENAIDO HERNÁNDEZ

Noches de aguja y dedal

27/ene/12 01:27
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Estos días previos al Carnaval albergan en sus noches el adelanto de la alegría. Así ha sido siempre y por eso no cabe establecer comparaciones hurtando la voz a un tiempo que es pasado. Cada etapa lleva su sello, que nunca es mejor ni peor pues le asiste el derecho de ser diferente.

En nuestra memoria se entremezclan vivencias propias con otras que pertenecen a los que nos han precedido, vecinos que hemos podido escuchar alentando la curiosidad que envuelve a las preguntas, al hilo de un diálogo que es capaz entrelazar con la oralidad el resurgir de un sinfín de vivencias.

Hubo un tiempo que hoy resulta añejo en el que las ropas llevaban el sello del trabajo artesano, eran obra de las costureras, modistas o sastres, de la madre o la abuela, de la hermana o parienta que mostraba la debida habilidad y se empeñaba en ese cometido. Entonces no se conocía lo de las etiquetas, el reclamo de las marcas que distingue a las empresas del textil, generalmente deslocalizadas. El proceso empezaba en la tienda, con la compra de las telas, hilos, cremalleras, botones...

El armario o el baúl desprendía los contenidos efluvios de naftalina y se iniciaba el aireo para dejar atrás sus penetrantes vahos. Extendido sobre la cama se procedía luego a elegir las prendas con las que se iban a vestir las mascaras, telas que casi siempre había que repasar. Como aliado en el proceso estaban los solicitados sacos de azúcar que llevaban impresas las siglas del Instituto Nacional de Reforma Agraria de Cuba, en rojo y azul, huella que se diluía tras unos cuantos lavados con añil y restregones, o los sacos más bastos con fibra de henequén, o bien las sábanas, cubrecamas y cortinas que habían quedado para remiendos. Ese proceso y el de preparar lo nuevo se hacía en la noche, al pie de la máquina de coser, con aguja y dedal.

Aquellos carnavales de antifaz y careta, de huevos talco y bolas de nieve, se sustentaban en el ingenio, en dar la vuelta al traje rehusado. Los complementos venían de la tienda, espacios de confidencias, en los que con facilidad se sacaba el cuero al ausente. Muchos acudían a la de Mariquita La Mora (doña María Namé), en la Rambla de Pulido, o a los Almacenes Las Tres Muñecas, en la calle del Castillo, establecimiento de don Bernardo de la Rosa y don Erasmo de Armas. Había otros muchos espacios para comprar los sombreros, cremalleras, plumas, boas, guantes (cortos, largos y de mitone), tiras bordadas y todo lo que como novedad llegaba puntual a la Isla para que se extendiera en el carnaval.

Ni por un asomo de elucubración cabía pensar entonces que aquel entramado de ilusión terminaría en lo que hoy es el Carnaval, con grupos y una estructura organizativa que presta su apoyo y contribuye a su organización. No siempre todo tiempo pasado fue mejor, pero nos iría de otro modo si revivimos el ingenio de aquellos y aquellas que en el ayer y a lo largo de muchas noches de aguja y dedal supieron despertar un torrente de alegría, que desataban en el correr de unos carnavales con los que supieron burlar la rutina de los días evocando la septuagésima, sexagésima, quincuagésima... camino del Miércoles de Ceniza Se aguardaba tanto la llegada del Carnaval que en alguna ocasión los primeros bailes se hicieron el 8 de diciembre.

 

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